domingo , 16 junio 2019
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¿Por qué usamos alimentos calóricos como premios?

¿Quién no ha tenido un día estupendo y, como recompensa se ha permitido comer algún capricho —bombones, pasteles, un helado, una pizza…— o, por el contrario, ha tenido una jornada malísima y se ha lanzado a estos alimentos con la excusa de animarse? ¿Por qué es tan habitual recurrir a estos alimentos altamente calóricos para sentirse reconfortado?

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Hay expertos que aseguran que las personas aprenden a apreciar estos alimentos desde la infancia, puesto que la leche materna, como primer alimento que tomamos, es dulce, lo que nos transmite sensación de placer y ternura.

La respuesta también está en que cuando comemos por primera vez un alimento que nos resulta muy apetecible, normalmente rico en grasas y azúcares, nuestro cerebro libera una sustancia denominada dopamina en proporción al grado de placer que nos genera dicha ingesta. Según la doctora en Medicina y máster en Nutrición y Ciencias de los alimentos, Reina García Closas, la dopamina es la causante de que busquemos de nuevo el modo de proveernos de ese alimento y de que se guarde en nuestra memoria el buen recuerdo que nos aportó dicho alimento. «De este modo, cada vez que recibamos una señal de ese apetitoso producto, a través de la vista, olfato o gusto o, incluso, si pensamos en él, nuestro cuerpo libera dopamina, lo que nos incitará a conseguirlo y, por supuesto, a ingerirlo».

Para la doctora García Closas y para Alejandro Lorente, especialista en Medicina natural y autores de «Emodieta», cuando comemos un bombón o una patata frita nos resulta difícil no seguir comiendo más. «Cuando lo hacemos, en el fondo nos estamos dopando».

Es muy habitual que recibamos estímulos asociados a alimentos ricos en azúcares y grasas en supermercados, bares, centros de trabajo, colegios… Recibir estos estímulos no debería ser una razón para comer más cantidad de estos alimentos «pues en nuestro cerebro se activan ciertas áreas (como el hipocampo) que inhiben estímulos para evitar que comamos sin límite y engordemos».

«Sin embargo —prosiguen ambos autores—, estudios recientes aseguran que comer con frecuencia hidratos de carbono refinados, azúcares, y grasas saturadas puede alterar la función de estas áreas del cerebro, dejándonos indefensos ante estos estímulos».

Ambos autores hacen referencia a varios estudios y, en concreto, a uno de neuroimagen en el que se demuestra que los niños con obesidad, cuando ingieren alimentos muy apetitosos, su actividad cerebral aumenta y liberan más dopamina. «Aún así, con el tiempo su respuesta cerebral de gratificación disminuye». Es decir que necesitan comer más cantidad para poder sentir una sensación placentera. «Es lo mismo que ocurre con las drogas: se necesita aumentar constantemente la dosis para conseguir un efecto similar de placer», aseguran.

Además, cuando el nivel de dopamina cerebral es bajo, se buscará de manera inconsciente y rápida el modo de elevarlo. ¿Cómo? Comiendo chocolate, dulces, embutido, patatas fritas… de manera casi impulsiva, a veces sin masticarlos bien y en grandes cantidades.

«Haciendo esto, la dopamina cerebral aumenta e inmediatamente notaremos que nos sentimos mejor, una especie de premio o recompensa. Es lo mismo que ocurre con el tabaco o el alcohol», aseguran.

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