viernes , 16 noviembre 2018
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¿Es posible despertarse y hablar otro idioma?

¿No has pensado en lo útil que sería echarte a dormir y, al despertarte, milagrosamente, hablar otro idioma? Solucionaría muchos problemas y te abriría muchas puertas. Además, dominar varias lenguas es beneficioso para tu cerebro. Incluso puede prevenir enfermedades como el alzhéimer. Podrías irte de vacaciones y comunicarte perfectamente en otras lenguas.

Ver tus películas o series preferidas en versión original y sin necesidad de subtítulos. Y, por supuesto, quedaría muy bien en tu perfil de Linkedin o en tu curriculum que dominas inglés, francés, alemán, chino… y todos los idiomas que decidieras hablar. Lamentablemente, por el momento, no disponemos de ningún chip ni wearable de traducción simultánea lo suficientemente avanzado para sustituir el aprendizaje. Y despertarse hablando en otro idioma suena a ciencia ficción. ¿O no?

¿Puedo despertarme hablando inglés?
Hace unas semanas, saltó la noticia de un niño de tres años, O’Neal Mahmud, que eligió un idioma diferente al materno para decir sus primeras palabras. En concreto, el pequeño decidió que el inglés, con acento británico, sería el idioma con el que se comunicaría con su familia, que hablan árabe. El problema es que nadie le entiende, ya que ningún miembro de su entorno habla inglés. ¿Cómo entonces el pequeño aprendió el idioma anglosajón? Es algo que nadie se explica -tampoco tenemos la certeza de que la noticia, de la que se hicieron eco varios medios de comunicación, sea real-, aunque este fenómeno tiene un nombre, xenoglosia. Se define como la capacidad de recordar repentinamente un idioma que se ha aprendido durante la infancia y que se ha olvidado por dejarse de utilizar.

Esto sí es lo que podría haberle sucedido a Ben, un adolescente australiano que tuvo un accidente de coche y, tras su recuperación, empezó a hablar chino, un idioma que aprendió de pequeño pero que nunca dominó. Es lo que los expertos denominan síndrome del idioma extranjero. También algo parecido pudo sucederle a otra mujer estadounidense que se durmió con un fuerte dolor de cabeza y se despertó hablando con un marcado acento británico. En este caso, hablaríamos del síndrome del acento extranjero.

La razón por la que ocurren estas cosas no se sabe con certeza pero se sospecha que, tras un traumatismo o un accidente cerebrovascular o ictus, quedan dañadas algunas áreas que procesan el lenguaje y, el cerebro, que siempre busca una vía de supervivencia, echa mano de otras para poder comunicarse.

Los idiomas se procesan en todo el cerebro, que está programado para que podamos comunicarnos, aunque hay áreas con funciones específicas. Por ejemplo, “en la corteza frontal, se procesan los sonidos y el habla; y en la temporal, la comprensión de estos sonidos. Estas áreas están separadas pero conectadas para que podamos interpretar lo que escuchamos y que nuestros sonidos tengan un sentido”, explica el profesor Ignacio Morgado, catedrático de Psicobiología en el Instituto de Neurociencia y la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Así, expresarse en otro idioma de forma repentina al despertarnos “puede obedecer a que la causa del coma haya dañado regiones cerebrales claves en el habla, provocando una disfunción de las redes neuronales implicadas en el lenguaje utilizado de forma cotidiana. De este modo podrían aflorar las redes responsables del segundo idioma que pasarían a ser dominantes”, apunta el doctor Gurtutz Linazasoro, neurólogo del Grupo Quirón-Policlínica Gipuzkoa y presidente de VIVE biotech.

Más idiomas, mayor plasticidad

Otro término que entra en juego cuando hablamos de dominar idiomas es la plasticidad del cerebro. Se trata de la capacidad con la que el cerebro aprende, mejora sus habilidades, y se adapta a los cambios. Cuando somos más jóvenes, la plasticidad es mayor. En cambio, de mayores, la cosa se complica.

De hecho, de pequeños somos como esponjas y nos cuesta menos aprender idiomas, por ejemplo. A medida que envejecemos, la plasticidad se resiente y nos vamos volviendo un poco más torpes a la hora de asimilar conceptos nuevos o habituarnos a los cambios. Pero eso no quiere decir que no podamos mejorar la plasticidad del cerebro. De hecho, se puede. Y es sencillo: oblígate a hacer cosas diferentes. Por ejemplo, ponerte a estudiar ruso o francés y ponlo en práctica viajando.

Aprende idiomas para reducir el riesgo de sufrir alzhéimer
Aprender un idioma, tocar un instrumento. Incluso gestos tan simples como cambiar la ruta para ir al trabajo pueden aumentar, poco a poco, la plasticidad de nuestro cerebro y aumentar las conexiones neuronales. “El aprendizaje es una de las funciones más importantes del cerebro y del ser humano. Aprendemos desde que nacemos y no dejamos de hacerlo nunca, hasta nuestra muerte. El cerebro dispone de mecanismos y redes neuronales para aprender en las que están implicadas las emociones, la curiosidad y la motivación y la memoria. Aprender un nuevo idioma tiene la particularidad de que abre mundos culturales nuevos. Además parece ejercer un efecto beneficioso sobre la salud cerebral, de tal manera que ser bilingüe reduce el riesgo de sufrir alzhéimer, en especial si se utilizan ambos idiomas de modo indistinto y se pasa muchas veces de uno a otro”, concluye el doctor Gurutz Linazasoro.

Por tanto, como no sabemos si al día siguiente nos despertaremos hablando otro idioma, y es mejor que no ocurra, porque esto puede significar que nuestro cerebro ha podido dañarse, lo mejor que podemos hacer es ponernos a estudiar para poder comunicarnos más y mejor.

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