jueves , 16 agosto 2018
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Diferencia entre inteligencia y sabiduría

Inteligencia y sabiduría no son lo mismo, aunque en el lenguaje cotidiano utilicemos los dos términos de manera indistinta. Vivimos en una sociedad donde se valora la eficiencia y los resultados, ahí donde en apariencia solo los más inteligentes están destinados a triunfar. Sin embargo, solo los sabios logran una felicidad auténtica, porque ellos se orientan por los valores, preocupándose por hacer uso de la bondad y aplicando una visión más optimista a la vida.

Si buscamos ahora en el diccionario el término sabiduría nos encontraremos una definición sencilla: facultad de las personas para actuar con sensatez, prudencia o acierto. Ahora bien, la primera pregunta que se nos viene a la cabeza es ¿entonces la inteligencia no nos dota de esa capacidad para movernos en nuestro día a día del mismo modo? ¿Es que un cociente intelectual medio u alto no nos garantiza el poder tomar decisiones acertadas?

Queda claro que sí, y queda claro también que cuando hablamos de inteligencia aparecen diferentes matices. Así, el estilo de personalidad y la madurez emocional son condicionantes que influyen sin duda el buen hacer de la persona brillante, y su potencial más o menos hábil para invertir en su propio bienestar y en el de los demás.

Ahora bien, la inteligencia y la sabiduría son dos conceptos interesantes que conviene matizar, analizar y desglosar; el objetivo es quedarnos con una idea más acertada y útil. Porque si hay algo deseable, más allá de tener un CI alto, es poder desarrollar una sabiduría vital excepcional y dar forma a una virtud deslumbrante, esa que va un pasito más allá de lo cognitivo y lo emocional.

Diferencias entre inteligencia y sabiduría

Por curioso que nos resulte, las diferencia entre inteligencia y sabiduría no ha sido estudiada hasta hace poco. El concepto de sabiduría se ha asociado siempre a disciplinas filosóficas o incluso espirituales, ahí donde los grandes maestros griegos o figuras del budismo nos han iluminado con sus ideas, reflexiones y trascendentales consejos.

En las últimas décadas, la psicología ha empezado a profundizar en el tema. Estos trabajos, como el liderado por dos profesores del departamento de psiquiatría de la Universidad de California en San Diego -el doctor Dilip V. Jeste y el doctor Thomas W. Meeks-, nos han esclarecido diversas ideas muy interesantes.

Así, las diferencias entre inteligencia y sabiduría son las siguientes:

La experiencia por sí misma no nos hace más sabios: esta idea es importante y derriba un mito clásico. A menudo se dice aquello de que la experiencia que nos da la vida nos brinda también sabiduría. Sin embargo, no hay una asociación directa y fuerte entre haber vivido mucho o poco y el acto de volvernos sabios. Esta virtud no llega de manera natural con la edad.

Es más, en la actualidad varios investigadores del campo de la psicología y la sociología intentan comprender un poco mejor esos procesos sociales, emocionales y cognitivos que transforman la experiencia en sabiduría. El caso es que existen otras variables mediadoras entre las dos, como la capacidad de reflexión que condicionan la asociación que se contempla en el mito (experiencia/sabiduría).

La inteligencia nos hace eficientes y éticamente más competentes:
las personas inteligentes tienen un alto sentido de la eficiencia y de lo que ellos consideran que “está bien”. De este modo, cuando algo no se ajusta a sus expectativas acontece la frustración. Suelen estar muy orientadas hacia las metas, hacia los resultados concretos y ante todo esperables.

Esa visión a menudo les hace caer en estados muy desgastantes, puesto que -por término medio- las personas con un elevado CI no toleran demasiado la incertidumbre y este factor, es precisamente lo que les diferencia de las personas sabias. Estas últimas son capaces de aceptar lo imprevisto, lo que no se ajusta, lo que no sucede según lo previsto… Saben relativizar y poner una mirada más paciente, relajada y comprensiva hacia la realidad.

Las personas sabias toman mejores decisiones: queremos matizar una vez más que hay muchas diferencias individuales entre las personas con un alto CI. Las habrá que tomen decisiones con acierto y responsabilidad y otras que sencillamente se dejen llevar por lo práctico o por lo objetivo, sin valorar otros matices.

Ahora bien, si hay una diferencia bastante clara entre inteligencia y sabiduría, es que esta última dimensión se caracteriza por estar asociada a mentes más abiertas, por integrar algo que va mucho más allá del simple conocimiento práctico. Disponen de una experiencia meditada, de un sentido profundo de la vida por el que han llegado a aceptar las incertidumbres y los altibajos.

Asimismo, hay una conciencia más precisa sobre cómo se desarrollan los acontecimientos con el tiempo, y así, todo ello les confiere un mayor y definido sentido del equilibrio.

La inteligencia se puede usar para la bondad o la maldad: la alta inteligencia puede ser aplicada para fines nobles o, por el contrario, para manipular, conspirar, traicionar o gestar la acción más sofisticada con un fin perverso. Asimismo, también puede orientarse hacia los fines más nobles y elevados.

La sabiduría, por su parte, se vincula con el sentido más auténtico de la bondad; siempre ha tenido esa connotación cargada de buen hacer, de humanidad y de un sentido de espiritualidad donde inspirar a otros a cultivar buenas acciones.

El sabio es optimista: otra diferencia interesante entre inteligencia y sabiduría es que esta última virtud comparte casi siempre, una visión muy positiva de la vida, de las personas y de la realidad. Esa actitud casi siempre esperanzadora, resuelta y fresca se relaciona mucho con lo antes descrito, con su sentido de bondad, y de ahí les viene sin duda su capacidad innata para conmovernos, para dotarnos de energía y ganas por seguir avanzando, por escuchar sus consejos e imitar su propia visión personal sobre las cosas.

Para concluir, es muy posible que llegados a este punto nos preguntemos qué es mejor, si ser sabio o ser muy inteligente. Bien, cabe decir que ninguna dimensión es mejor que otra, porque hay sabios que ni son brillantes ni inteligentes, pero que en su día a día son altamente eficaces y por supuesto felices.

Por tanto. podemos aspirar (en la medida de nuestras posibilidades) a ambas dimensiones. Podemos entrenar nuestros procesos cognitivos, mejorar en inteligencia emocional e ir integrando cada experiencia desde una óptica más sensata, relajada optimista.

Al fin y a cabo la sabiduría es el arte de saber qué es lo que que más importa en cada momento,  y en aplicar adecuadas respuestas y estrategias para bridnarnos bienestar a nosotros mismos y sobre todo, a los demás. Ahí estaría por tanto la auténtica clave.

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