Martes , 24 enero 2017
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10 Mentiras paternas que ocasionan trauma en los hijos

La infancia es una de las etapas más hermosas de la vida, cuando uno es niño no hay nada que nos preocupe, y todo lo que conocemos, y aprendemos nos parece sensacional; simplemente la niñez es sinónimo de inocencia,  en esta etapa las cosas son sorprendentes, y muchas veces, nos creemos todo lo que nos dicen.

En este mismo contexto existen varios mitos que convierten la infancia en algo muy divertido y que conforme vamos creciendo, todas estas cosas que creíamos se van develando, y después no queda más que reírnos de aquello que nos tenía tan preocupados y con miedo, el sitiorevistagq.com muestra algunos de estos mitos.

El Robachicos o el Señor del costal. Cuando nos portábamos mal nuestras madres tenían la costumbre de decirnos que si seguíamos así nos iba a llevar el “robachicos”; sin duda esta técnica funcionaba, hasta que nos dábamos cuenta de que si seguíamos haciendo maldades no pasaba nada.

El Coco. Todas las madres usaban al “Coco” para asustarnos; por ejemplo, si no queríamos dormirnos nos decían que el “Coco” vendría por nosotros; como resultado las noches se volvían terroríficas y en vez de que nos durmiéramos, nos escondíamos debajo de las sabanas y cobijas para que este monstruo no nos encontrara.

Los fantasmas escolares. Típico, cada escuela tiene una historia tétrica, cuentos sobre algún fantasma; sin embargo, la mayoría de estas leyendas eran mentiras, que funcionaban para asustar a los más ingenuos y pequeños en los colegios.

Los chicles y los calzones. Cuando probamos por primera vez un chicle, aquéllos se volvían una adicción que a las madres les molestaba, porque decían que se nos iban picar los dientes. Sin embargo, al ver que no hacíamos caso tenían que tomar medidas más severas. Ellas nos decían que si mascábamos chicles se nos iban a caer los calzones, y como las mamás nunca se equivocan, les creíamos y dejábamos de comprar esta golosina.

La cigüeña. Típico de los papás cuando teníamos la duda de cómo llegaban los bebés al mundo ellos decían que los traía la cigüeña. La realidad es otra, para que un bebé venga al mundo se necesita de un hombre y una mujer; y hoy se puede hacer mediante una gestación in vitro.

No obstante, ya sea por pena o vergüenza, de niños creímos que la cigüeña fue la encargada de llevarnos a nuestro hogar con nuestros padres.

Los Reyes Magos y Santa Claus. Había que portarse bien para que al final del año Santa y los Reyes nos trajeran nuestro regalos, cada fin de año esperábamos con ansia la llegada de estos hombres…

Lo feo venía cuando nos confesaban que en realidad los Reyes Magos y Santa Claus eran nuestros padres.

El Ratón de los Dientes. Cada diente de leche que se nos caía era sinónimo de felicidad, pues al día siguiente, aparecían algunas monedas debajo de nuestra almohada… Las cuales supuestamente habían sido traídas por este roedor, que a cambio, se quedaba con nuestros dientes.

Esto traía varias consecuencias, entre ellas el cometer las hazañas más salvajes para que se nos cayeran los dientes… Sin embargo, las monedas no las traía un ratón, sino nuestros papás.

Los bizcos. Hacer bizcos cuando eres niño es algo muy divertido, sin embargo, existía la leyenda de que si estabas haciendo bizcos y pasaba una corriente de aire, te quedabas así para siempre… Esto en realidad era una mentira que, era bien usada por los padres para asustarnos.

Los tatuajes de agua. Los vendían afuera de las escuelas, eran la sensación entre todos los niños a la salida de los colegios, sin embargo, decían que estos tatuajes tenían droga, o que si te los ponías te iba a suceder algo malo, pero en realidad no pasaba ni una ni otra cosa…

Tarjetas de teléfono. Una leyenda surgió cuando los celulares aún no hacían su aparición, y las tarjetas de teléfono público eran un suceso, las había de 10, 30, 50 y 100 pesos, pues una vez que se acababa el crédito la tarjeta pasaba a mejor vida, sin embargo, una pequeña historia debatía eso.

Se decía que si metías la tarjeta al horno y la calentabas por 30 segundos, el crédito jamás se acababa, no obstante, la realidad era otra; meter al horno una tarjeta era una tontería, pues se corría el riesgo de que el aparato se descompusiera.

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